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Latinoamérica en foco: Tres fotógrafas emblemáticas en PHotoESPAÑA ’25

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Las miradas de las documentalistas Lourdes Grobet, Graciela Iturbide y Lotty Rosenfeld se entrelazan con las de fotógrafos de distintas partes del mundo en la más reciente edición de PHotoESPAÑA. Nuestra corresponsal Nina Syed nos lleva a través de las exposiciones que revisitan la militancia visual de estas tres artistas latinoamericanas, cuyas trayectorias han explorado, durante décadas, la memoria comunitaria mediante el teatro, acciones colectivas al margen de regímenes autoritarios y las historias cotidianas en las que la mujer ocupa un lugar central.

PHotoESPAÑA 2025 inauguró su edición 28 con una programación diversa que reafirma su papel como una de las plataformas más importantes para la fotografía y las artes visuales en España y el mundo. A través del lema Después de todo, el evento plantea la evolución de la fotografía como un medio en su capacidad de documentación histórica al igual que su rol como una herramienta expresiva ante la evolución y la incertidumbre cultural, social y política.  

En esta entrega, la presencia de la mujer latinoamericana cobra una relevancia especial. Tres figuras fundamentales del arte visual latinoamericano Lourdes Grober, Graciela Iturbide y Lotty Rosenfeld– destacan a través de exposiciones que revisitan sus obras más emblemáticas. Desde distintos enfoques y territorios, las artistas utilizaron la imagen como forma de resistencia, exploración cultural y reivindicación política durante las últimas décadas del siglo XX y entrado el XXI. 

Hemos estado cerca de esas obras, y nuestro recorrido comenzó en la Fundación Casa de México en España, dónde se encuentra la exposición Lourdes Grobet y el Laboratorio de Teatro Campesino. Grobet (Ciudad de México, 1940-2022) es un personaje importante en la fotografía mexicana, de quien se reconoce un trabajo que ha retratado la cultura popular y las prácticas comunitarias en México. A través de un extenso e íntimo archivo visual producido entre las décadas de 1970 y 1990, la fotógrafa documentó el trabajo del Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena (LTCI), una iniciativa artística que usó el teatro como medio de expresión colectiva a lo largo de varias comunidades rurales e indígenas de México.  

Representación de El Evangelio según San Mateo, documentada por Lourdes Grobet en Oxolotán. (Foto: Nina Syed)

De esta investigación se exhiben 73 fotografías seleccionadas entre más de 25 mil imágenes capturadas por Grobet durante su tiempo con el LTCI. El laboratorio teatral con el que colaboró fue impulsado por la dramaturga María Alicia Martínez Medrano, quien promovió un espacio de creación colectiva entre comunidades originarias del sureste mexicano. El proyecto fue integrado por personas originarias de los pueblos chontal, chol, zoque, maya, mayo y náhuatl. El trabajo con estas comunidades impulsó la recuperación de la tradición oral y el fortalecimiento y valorización de las lenguas indígenas de estos pueblos.  

Algunas de las interpretaciones teatrales que se encuentran en las fotografías incluyen X´Ocen, El Evangelio Según San Mateo (producido especialmente para la ocasión de Semana Santa) y Romeo y Julieta de William Shakepeare en versión oxoloteca, en la cual María Alicia Martínez Medrano interpreta la obra como una historia de la muerte del amor, y al amor como algo subversivo ante la sociedad, explicando: «Los indígenas y los campesinos mexicanos no creen en la muerte y por ello en esta versión oxoloteca Romeo y Julieta no mueren». Juan José Gurrola, dramaturgo y artista mexicano, ha descrito al LTCI como el productor de un teatro muy maduro que existe por el esfuerzo de un grande equipo de escritores y artistas. Gurrola entendió este colectivo como uno que tenía una conciencia fuerte de la relación del teatro con el entorno y la comunidad. A través de su documentación, Grobet retrataba a al LTCI como un movimiento comunitario y un acto político donde la fotografía se convertía en parte del proceso teatral.  

“Deseo que las fotografías transmitan esta historia viva. Es un homenaje a María Alicia, al Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena, a todos los actores, mujeres y hombres que han colaborado durante más de cuarenta años y que continúan proyectando los valores de su propuesta teatral”, expresa Grobet en el libro Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena. Medio siglo de historia, el cual recibió el Best Historical Book Award en Les Recontres de la Photographie de Arles, Francia en 2023.  

Esta muestra dedicada a una importante fracción de la historia comunitaria de México fue comisariada por Beatriz Mackenzie y Ximena Pérez Grobet. Se podrá visitar hasta el 31 de agosto de 2025.  

 

Imagen capturada por Graciela Iturbide en Juchitán, Oaxaca durante los ochenta. (Foto: Nina Syed)

En la Fundación Casa de México, en España, también se puede visitar la exposición Cuando habla la luz de la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide. Iturbide (Ciudad de México 1942) es una de las creadoras de imágenes más reconocidas de América Latina. Su obra, en blanco y negro, se enfoca en las tradiciones y las realidades de los pueblos indígenas de México, con un enfoque en las costumbres cotidianas de la mujer. En sus palabras, la fotografía era para ella un ritual: «Salir con la cámara, observar, fotografiar los aspectos más mitológicos de las personas, luego ir a la oscuridad y seleccionar las imágenes más simbólicas”, expresó en una ocasión. Iturbide inició su carrera como asistente del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, y luego desarrolló un lenguaje visual único a través de una estética poética a través del realismo mágico, creando imágenes simbólicas y oníricas para representar lo cotidiano. Este año, Iturbide fue la ganadora del Premio Princesa de Asturias de las Artes 2025, quien, de acuerdo al veredicto de la fundación que entrega los galardones, presenta un mundo hipnótico, que parece situarse en el umbral entre la realidad más cruda y la gracia de una magia espontánea.” 

Cuando habla la luz es una muestra que recopila algunas de las fotografías más icónicas de la mexicana, incluyendo imágenes de series como El baño de Frida, en el cual documenta la reapertura de un aseo de Frida Kahlo en la Casa Azul. La muestra también incluye Magnolia, de la serie tomada en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, en las décadas de 1970 y 1980, donde retrata con intimidad a las muxes, personas de sexo masculino que adoptaron roles tradicionalmente femeninos en la sociedad zapoteca, dónde se aceptaron como parte de un tercer género. El recorrido fotográfico incluye piezas de series como Nuestra señora de las iguanas (1979), ¿Ojos para volar? (1989) y Jano (1981). Su obra se distingue por la profunda empatía y respeto por las comunidades que retrataba mediante una conexión genuina, otorgando una cualidad poética al trabajo. Esto se ubica especialmente en series como Juchitán de las mujeres (1979-1988), que Iturbide logró desarrollar luego de vincularse con ellas a partir de sus oficios y vidas cotidianas. 

Imagen capturada por Graciela Iturbide en Juchitán, Oaxaca durante los ochenta. (Foto: Nina Syed)

Lotty Rosenfeld (Santiago de Chile, Chile, 1943-2020) es otra artista que destaca en esta edición de PHotoESPAÑA. Su trabajo se puede disfrutar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, con la exposición By Pass. La frontera del signo, comisariada por Marta Dahó y Alejandra Coz. Rosenfeld fue una destacada artista visual, reconocida por sus contribuciones al arte político y feminista en América Latina. Formó parte de la Escena de Avanzada, un movimiento que nació posterior al Golpe de Estado chileno de 1973 y dio como resultado en un conjunto de obras, artistas y escritores que utilizaban el arte como medio de resistencia ante el régimen autoritario.  

Una cita de la chilena resuena en su exposición de gran formato, dentro de PHotoESPAÑA ’25, recuerda su mirada transformadora del mundo. Recopilada por la fundación que ha reivindicado su trabajo, la frase dice: “Estoy comprometida con un quehacer en el cual busco consolidar una propuesta artística que se orienta a la reflexión sobre la incidencia del poder y sus códigos en la rutina de las individualidades. Intento abordarlos problemas abiertos entre las instituciones y la civilidad, a partir de una reflexión visual sobre las marcas de poder que operan entre los macro-espacios y los micro-espacios sociales”. 

Lotty Rosenfeld en PHotoESPAÑA 2025. (Foto: Nina Syed)

By Pass. La frontera del signo abarca más de cuatro décadas de producción artística, desde 1978 hasta 2020 de Rosenfeld. Durante la dictadura de Augusto Pinochet la documentación fotográfica se prohibía. Este contexto dio paso al inicio de la trayectoria de Rosenfeld como artista política, que comenzó con intervenciones en espacios públicos donde se protestaba en contra del silenciamiento del poder político-militar.

Como parte de varios movimientos y grupos políticos de resistencia ante la opresión de derechos humanos, Rosenfeld integró el Colectivo Acciones de Arte (C.A.D.A) que surgió en 1979, como respuesta a la dictadura. Formado por varios artistas, escritores y sociólogos, el colectivo organizó a lo largo de seis años varias acciones públicas de protesta, resaltando la importancia del arte como un acto comunitario. Dentro de la exposición en PHotoESPAÑA se observan imágenes de dichos actos de protesta. Unas de las acciones más conocidas, cuyas imágenes se exhiben dentro del espacio, es la acción prolongada NO+, la cual invitaba al rayado mural como práctica colectiva, luego adoptada como lema por organizaciones que iban en contra de las dictaduras.  

La muestra también destaca el videoarte de Rosenfeld, siendo una de las primeras artistas de Latinoamérica en experimentar con este medio. Su obra audiovisual explora la marginación de poblaciones vulnerables ante instituciones opresivas y la obligación que tenemos de cuestionar estas estructuras y los límites que imponen. By Pass. La frontera del signo se podrá visitar hasta el 7 de septiembre de 2025. 

Gestos, lugares y retazos: Las fotografías de Guatemala en la Colección Arte Paiz

Álvaro del Cid Mazariegos, ‘EXISTENCIOALISMOabordo’. Glifo de Oro.  XIV Bienal de Arte Paiz. (Foto: Colección de Arte Paiz)

El acervo fotográfico de la Fundación Paiz nos habla de transformaciones en Guatemala y el mundo durante los siglos XX y XXI. Las imágenes trazan un recorrido por diversas técnicas, épocas y narrativas exploradas por fotógrafos tanto guatemaltecos como extranjeros que nos revelan hasta hoy distintas capas de la historia.

En 1839, cuando el francés Louis Daguerre descubrió la posibilidad de fijar imágenes en placas de metal a través del daguerrotipo, el arte y la historia se enfrentaron a un cisma: Por primera vez se lograba capturar y reproducir comercialmente todo lo existente en el mundo a través de los ojos. Con esta revolución y el impulso de la fotografía, surgió en la historia la posibilidad de narrar la vida desde un nuevo lenguaje.

Pocos años después de aquel descubrimiento, la fotografía llegó oficialmente a Guatemala. Se cree que fue a partir de 1843, cuando el francés León de Pontelli instaló un estudio fotográfico en el país. Su llegada se acompañó del empleo del daguerrotipo. Posteriormente, surgieron talleresnuevos estudios fotográficos -como los del alemán Emil Herbruger Wheling o el de los suizos Nicolas Fuchs y G. Donzel-, y en consecuencia varias colecciones fotográficas que en el siglo XIX fueron nutridas partir de las documentaciones de Eadweard Muybridge, Juan de Jesús Yas y Alberto Valdeavalleno.

Desde entonces, los registros fotográficos del contexto guatemalteco han mostrado diversas experiencias en el país. De esta manera, los siglos XIX y XX sirven como punto de referencia para entender el relato oficial de las miradas fotográficas en el país. En la publicación Imágenes de Guatemala, el historiador Arturo Taracena Arriola señala cómo de aquellas épocas son importantes representaciones fotográficas como «la belleza geográfica del paisaje, las bondades de la agricultura (…) y lo exótico de la población indígena (…)».

‘Antigua Guatemala’, Mario Permuth. Glifo de Bronce en la historia de la Bienal de Arte Paiz. (Foto: Colección Paiz)

Entre los archivos fotográficos de Guatemala también podemos ubicar la Colección de Arte Paiz, la cual presenta una importante muestra de imágenes documentadas a partir de 1986, siendo una referencia valiosa para la lectura de la modernidad fotográfica que reúne miradas tradicionales -como las señaladas por Taracena-, así como una importante documentación experimental a través de formatos e historias.

La Colección de Arte Paiz reúne obras fotográficas de artistas guatemaltecos y extranjeros que han participado en la Bienal de Arte Paiz. Estas piezas comenzaron a incluirse en el acervo de la Fundación a partir de 1986, año en que, durante su quinta entrega, la bienal incluyó por primera vez la técnica fotográfica en su convocatoria. En esa ocasión, la fotografía fue reconocida con los tres principales galardones del certamen: el Glifo de Oro, Plata y Bronce.

La fotografía entró con potencia a la Bienal de Arte Paiz mostrando escenas que se adherían a la tradición del blanco y negro y que también incluyeron el color. Además de los formatos tonales, las imágenes ganadoras del concurso presentaban retratos espontáneos y capturas de formas geométricas en el espacio público.

‘Mujeres en Vapor’ de Saúl Martínez Hernández fue la primera fotografía en obtener un Glifo de Oro en la Bienal de Arte Paiz. (Foto: Colección Paiz)

Las fotografías en la V Bienal marcaron el inicio de la colección fotográfica de la Fundación Paiz y a la vez, sentaron un canon en la manera de explorar la mirada de las siguientes bienales. Al menos durante el resto de la década de 1980, las imágenes seleccionadas en el concurso solían ser más directas y menos metafóricas.

En los primeros años en que la fotografía comenzó a popularizarse dentro del certamen, no abundaban los registros que trataban un enfoque experimental, tanto desde la técnica como desde la narrativa. Con la llegada de la década de los noventa, la participación de los fotógrafos —así como la selección de obras por parte de los jurados— comenzó a alinearse con una apuesta por imágenes más arriesgadas, una tendencia que se fortalecería con aún mayor ímpetu con la entrada del siglo XXI.

Desde que las fotografías fueron incorporadas por primera vez a la colección hasta las adquisiciones más recientes, el acervo ha reunido imágenes que exploran temáticas como la construcción de una identidad nacional, la resistencia y coexistencia de los pueblos indígenas, la relación con la naturaleza, el género, la sexualidad, la espiritualidad, las tradiciones, la vida cotidiana y la condición humana.

‘Trigales’ de Anne Girard de Marroquín obtuvo el Glifo de Plata en la V Bienal de Arte Paiz. (Foto: Colección Paiz)

Aunque las bienales de la Fundación Paiz han cumplido un rol de vitrina artística nacional destacando tanto la fotografía guatemalteca emergente como la consolidada, otros eventos de la plataforma continuaron con la búsqueda de perspectivas más allá del país.

Dentro de la Colección de Arte Paiz destacan imágenes que compitieron en las cinco ediciones de la Bienal de Arte Paiz El Salvador. En la sección dedicada a la fotografía, se premiaron obra de los artistas Herbert Antoni Polío, René Antonio Rodríguez Mina, Walter Iraheta, Carlos Eduardo Chang y Rodolfo Wash. En sus fotografías, los salvadoreños planteaban diferentes perspectivas sobre la violencia siendo parte de la cotidianidad.

Otras iniciativas como el concurso Nuestros Valores Culturales, también desarrollado por la Fundación, así como varias adquisiciones directas han ampliado la Colección de Arte Paiz mediante registros fotográficos sobre la historia regional y guatemalteca.

René Antonio Rodríguez Mina, ‘Una Muerte no Anunciada’. I Bienal de El Salvador. (Foto: Colección de Arte Paiz)

El retrato como un acto de observación y representación a otras vidas también forma parte de la Colección de Arte Paiz. Destaca que muchas de las imágenes presentes responden a una observación de poblaciones indígenas. Dentro de esta búsqueda fotográfica se encuentran documentos como Santos Martín Sic Tzul, Bailador. La toma monocromática, captada en 1990 por Daniel Hernández Salazar, muestra un retrato en el que se establece una mirada directa entre el fotógrafo y el modelo, quien forma parte del Baile de los Xacalcojes, una tradición que se celebra el Domingo de Resurrección en lugares como Totonicapán. La escena transmite además un grado de intimidad respecto del bailador.

Un aspecto que llama la atención de los retratos donde prevalece el contacto visual directo entre sujetos y fotógrafos de la Colección Paiz yace en que los documentalistas premiados en las bienales solían retratar a personas indígenas mayas. De esta cuenta cabe mencionar registros como los del artista estadounidense Daniel Chauche, quien se afincó en Guatemala en 1983, ocho años después de haber conocido por primera vez el país y de haber vivido esos primeros años en San Juan Sacatepéquez.

A partir del contacto que tuvo con la comunidad, Chauche emprendió en una serie de retratos con guatemaltecos que encontraba de manera ambulante en distintos contextos. Posteriormente en 1990, llevó ese mismo espíritu fotográfico a la VII Bienal de Arte Paiz, donde postuló el retrato Viudo de dos semanas, el cual obtuvo un Glifo de Plata.

‘Santos Martín Sic Tzul, Bailador’ obtuvo el Glifo de Oro en la VII Bienal de Arte Paiz, realizada en 1990. (Foto: Colección Paiz)

Caso similar es el de la fotógrafa extranjera Nina Jorgensen, concursante en la X Bienal que se realizó en 1996. Para esa edición, Jorgensen presentó la obra Padre e hijo, donde retrata un vínculo familiar en complicidad quienes ven directamente a la fotógrafa. Entre las fotografías de la Colección Paiz que oscilan dentro esta coordenada son Fusión de cultos de Mario Madriz Caballeros donde una fotografía cromática muestra a varias personas en las gradas que conducen al atrio de la iglesia de Santo Tomás en Chichicastenango. La imagen fue presentada en la VII Bienal de Arte Paiz. 

El sincretismo, entendido como una fusión de ideas y prácticas espirituales de distintos contextos, es patente en varias de las imágenes dentro de nuestra colección. Otra muestra de esto puede evidenciarse en la obra de 2014, Sin Título, de la serie Möbius, realizada por Luis González Palma. Muchos de los retratos del fotógrafo pueden analizarse desde un contexto donde la resistencia indígena se entrelazan con capas surrealistas.

‘Hasta Cuándo’ de Alan Benchoam obtuvo el Glifo de Oro en la categoría de Fotografía de la XIII Bienal de Arte Paiz. (Foto: Colección Paiz)

Más adelante, durante las primeras décadas del siglo XXI, la Colección de Arte Paiz también incluyó fotografías que presentaban a individuos de pueblos originarios, teniendo un vínculo con los fotógrafos más allá del retrato convencional de los ochenta. Uno de los más distintivos de estos nuevos trabajos es Hasta cuándo de Alan Benchoam. La pieza consiste en un montaje de 9 retratos a cuerpo completo donde las personas saltan mientras utilizan sus indumentarias regionales.

En el ámbito de la fotografía, los escenarios geográficos han tomado un valor fundamental, no solo como registros del mundo, sino también como propuestas para explorar la idea de paisaje.

Imágenes como las capturadas por la suiza Anne Girard de Marroquín nos permiten conocer más sobre las formas naturaleza de Guatemala. Una de las fotografías de la autora, pertenecientes a la Colección de Arte Paiz, es Trigales de Quetzaltenango, donde captura una inmensa plana de tonalidades marrones donde aparecen surcos que evidencian la plantación de trigo en el occidente guatemalteco.

‘Totonicapán I’ de Lucas Zapil Carrillo. (Foto: Fundación Paiz)

Reconocida por trabajos de preservación de cámaras y por su serie fotográfica Rostros de Guatemala, Girad ha observado las capas geográficas y sociales del territorio nacional, desde que llegó al país en 1974. Así como ella, la obra de realizadores como Juio Zadik ha develado una búsqueda por el misticismo que despierta la naturaleza y la humanidad en un estado cotidiano. La Colección de Arte Paiz resguarda una de las fotografías de la serie Imágenes de una época, capturadas por Zadik a lo largo de 30 años.

Más allá del monocromático, la explosión del color ha quedado patente en las imágenes de la naturaleza guatemalteca desde los inicios de la Colección de Arte Paiz. Esto fue evidente en las primeras bienales de la fundación. Entre sus exponentes destacaron los autores Lucas Zapil Carrillo, quien obtuvo el Glifo de Plata en la VI Bienal dentro de la categoría fotográfica, por su obra Totonicapán I, en la que se muestra parte de la flora y la topografía del altiplano guatemalteco. Desde una coordenada similar, Mario Madriz Caballeros participó con la imagen La Futura Semilla en la misma bienal, donde obtuvo el Glifo de Oro. La pieza, con una toma casi panorámica, se abre al evidenciar una cama de mazorcas dentro del proceso de siembra de maíz en la zona de occidente.

Retazos, geometrías y experimentos en la fotografía de la Colección

La realidad que suele perseguir en muchas ocasiones la fotografía puede explorarse en relatos que no siempre son contados dentro de los renglones vistosos de la historia. Ya sea por tratarse de imágenes que muestran escenas que no son necesariamente «atractivas» para muchos, o porque incluyen referencias poco conocidas, dentro de la Colección Paiz se ubican algunos de estos ejemplos.

Uno de estos casos es la obra de Iván Castellanos titulada Qué cuaje, la cual obtuvo el Glifo de Bronce en la VI Bienal de Arte Paiz, celebrada en 1988. En este caso, se trata del retrato de un hombre que permanece acostado en el suelo del espacio público urbano. La captura se realizó de manera que una baranda enmarca el rostro del personaje. La fotografía nos propone un comentario visual sobre el contexto socioeconómico y mental.

Lejos de la urbanidad, otras historias atípicas que encuentran su lugar en el acervo fotográfico de la Fundación Paiz se vinculan a los ritos y la espiritualidad. Ganadora del Glifo de Oro en la VII Bienal, celebrada en 1990, la imagen Recuerdo de San Andrés Iztapa ofrece una perspectiva distinta de la representación de Jesucristo durante su Pasión. La fotografía, capturada por la italiana Paola Ferrairo dentro de la iglesia en el municipio de Chimaltenango y que juega con tonalidades azules, nos lleva hasta un espacio ajeno a lo urbano, invadido por una sensación de misterio.

Recuerdo de San Andrés Itzapa’ de Paola Ferrario. (Foto: Colección Paiz)

Siguiendo una fórmula similar, en la que coloca la espiritualidad al centro de la narrativa visual, el fotógrafo Luis González Palma participó por primera vez en la Bienal de Arte Paiz durante su séptima edición, celebrada en 1988. En esa ocasión, el autor presentó la obra Confesión, una fotografía en la que fusiona cierto nivel de misticismo entre la religiosidad popular y el delirio de un personaje anónimo y desnudo que pareciera confesarse ante las figuras religiosas y las botellas de licor. El díptico obtuvo un Glifo de Plata en la bienal de 1988.

El juego de la mirada discurre por las formas que los fotógrafos logran ubicar y construir mediante sus dispositivos. En este sentido, la geometría también se presenta como una búsqueda constante en el trabajo de los fotógrafos locales.

Antes de ser conocido por su trabajo que abarca narrativas sobre la sexualidad o la historia de violencia estatal en Guatemala, Daniel Hernández Salazar participó por primera vez en la V Bienal de Arte Paiz con la fotografía a color titulada Callejón imaginario con lámpara. Esta pieza, que toma mucha distancia de las temáticas y técnicas que distinguirían al fotógrafo, revela una genuina observación al color y las formas a través de un escenario común a la vista de muchas personas en Guatemala.

‘Callejón Imaginario con Lámpara’ de Daniel Hernández Salazar fue presentada en la V Bienal de Arte Paiz. (Foto: Colección Paiz)

Años más tarde, durante la VIII Bienal, celebrada en 1992, Francisco Sandoval obtendría el Glifo de Oro por su participación con la fotografía Mantos. Revelando un potente cúmulo de tramas, la imagen muestra a varias mujeres, portando mantos tejidos a mano sobre la espalda y cabeza. La sensación de uniformidad que generan los patrones autóctonos del bordado se intensifica gracias a la tonalidad blanco y negro, que termina por generar una sensación rítmica y a la vez enigmática.

Dentro de la Colección de Arte Paiz puede ubicarse también la mirada de la fotógrafa Irene Torrebiarte. Para su obra Sin título, ofrece una observación al mismo cuerpo donde la fijación del tronco de un cuerpo femenino, envuelto en una manta oscura, lleva a pensar en el ritmo natural que poseemos y la poética que resguarda la misma estructura corporal.

Siguiendo una misma narrativa, pero desde la experiencia y mirada masculina, Antonio Tovar presentó en la X Bienal una fotografía donde el movimiento femenino se ubica a través de una danza. Su registro Andaluza en patio con escaleras, ubica a una mujer apenas iluminada dentro de un espacio oscuro.

Irene Torrebiarte, ‘Sin título’. Glifo de Oro IX Bienal de Arte Paiz. (Foto: Colección de Arte Paiz)

Lo que podría entenderse como una danza —pero expresada a través de la materia inorgánica e industrial— fue también explorado por el artista Luis A. Núñez, quien presentó una fotografía en la que documenta una carrocería oxidada, titulada 1992. El Viejo y el Perro. Las formas del metal herrumbrado configuran lo que bien podría ser un paisaje microscópico, donde se revelan distintas capas tonales y metálicas. La pieza obtuvo un Glifo de Plata en 1996.

Hacia finales de los noventa, en la XI Bienal de Arte, celebrada en 1998, podría decirse que la fotografía dio un giro radical, tanto por las historias que comenzaron a contarse a través del medio como por las formas de despliegue elegidas por los artistas. En esa edición, el primer premio fue otorgado al guatemalteco Marvin Olivares, quien presentó El Relicario, una obra construida sobre los cuatro lados de un mueble, donde se exhibe una serie de retratos con un desnudo femenino. A lo largo del ensamble, el artista incorporó una cuerda que amarra la figura humana y artificial.

El segundo lugar dentro de la categoría fue otorgado a una pieza sin título, en la que el artista Sylvestre Gobart presentó el retrato de un hombre cubierto parcialmente por una mancha de pigmento, acompañado por la palabra Sisyphe, en alusión al mito de Sísifo, personaje asociado a actos absurdos y repetitivos. En la imagen, el retratado aparece junto a una ficha que contiene el término «Maquilero», junto con cifras que refieren a miles de faldas por producir.

Silvestre Gobart, ‘Sin título’. Glifo de Plata. XI Bienal de Arte Paiz. (Foto: Colección de Arte Paiz)

Con la llegada de la década de los 2000, las tecnologías y las interfaces comenzaron a integrarse a la narrativa fotográfica de la colección. Una de estas imágenes, creada por Alfonso Castillo Solofre y titulada Globalización, aborda esta temática al documentar lo que parecen ser dos androides vestidos con ropa formal, cuyas cabezas —monitores— proyectan diversas imágenes.

Para la misma bienal en la que participó Castillo Solofre —la decimotercera, celebrada en 2002—, la alteración digital también jugó un papel clave en la fotografía. Tal fue el caso del díptico Santos pecadores, de Álvaro del Cid Mazariegos, quien presentó dos escenas que retratan la cotidianidad desde espacios juveniles y disidentes.

Dos años más tarde, en la XIV Bienal, el mismo artista presentó una fotografía en mosaico en la que se aprecian postales de la urbanidad guatemalteca, donde se entrelazan la tradición, la vida popular y la influencia anglosajona en el país.

Lourdes de Menendez. ‘Casa Nueva’. XIV Bienal de Arte Paiz. (Foto: Colección de Arte Paiz)

También en la XIV Bienal se abordaron otro tipo de montajes donde las secuencias y los mosaicos eran comunes. Entre ellos, Casa Nueva de Lourdes de Menéndez (Lourdes de la Riva) donde se utilizó un soporte de madera en gran formato y en donde se presentaba la transformación de un espacio natural. Además de esta pieza en gran formato, también se presentó Revolución/Evolución de Rodolfo Wash, obra que incluye una serie de 14 fotografías en las que se explora el consumo.

En los años siguientes de la década de los 2000, la fotografía continuó ampliándose dentro de la Colección, fortaleciendo el acervo a través de la incorporación de imágenes que abordan temáticas sociales, disidentes y ligadas a lo cotidiano. Esta línea curatorial ha permitido consolidar un archivo visual que refleja miradas de la contemporaneidad y que también da espacio a perspectivas críticas y diversas sobre la realidad.

A través de estas imágenes y gestos visuales puede alcanzarse a ver cómo el arte fotográfico ha sido otra herramienta para entender capas históricas de Guatemala, la región y el mundo. Este artículo muestra tan solo algunas de las decenas de fotografías que resguarda la Colección de Arte Paiz. Para conocer más sobre la misma, puedes ver esta página.

‘Un solo latido – Xa jun ruk’oxomal qanima’: Conversación con Angélica Serech 

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Angélica Serech
Angélica Serech, ‘Xak Karne’l (Oveja negra)’, 2023. Telar de pedal y vertical. (Foto: Museo Universitario del Chopo)

Tras la inauguración de la muestra ‘Un solo latido. Xa jun ruk’oxomal qanima’ en el Museo Universitario del Chopo, en la Ciudad de México, que reúne el trabajo de las artistas comalapenses Angélica Serech y Rosa Elena Curruchich, presentamos un diálogo con Angélica Serech en torno a su participación. La tejedora comparte sus reflexiones sobre el legado textil en la comunidad kaqchikel, la dimensión de resistencia que atraviesa su práctica, y el diálogo intergeneracional que sostiene con Rosa Elena Curruchich. 

La exposición Un solo latido. Xa jun ruk’oxomal qanima, presentada en el Museo Universitario del Chopo de México, en colaboración con La Nueva Fábrica de Guatemala, reúne por primera vez el trabajo de las artistas mayas kaqchikel Rosa Elena Curruchich (nacida en 1958 y fallecida en 2005) y Angélica Serech (1982), originarias de San Juan Comalapa o Chi Xot. 

Por un lado, Rosa Elena Churruchich fue una artista cuya obra buscaba preservar, a través de pinturas meticulosas, la vida cotidiana y las tradiciones de su comunidad, así como destacar el rol de la mujer en su contexto comunitario. Durante la época en la que vivió, Curruchich atravesó un proceso de exclusión por ser mujer artista. Después de su primera y única exhibición en la ciudad de Guatemala, fue atacada por un grupo que incluía a miembros de su familia porque sentían que ella podría quitarles parte de su capacidad de ganar dinero, según ha descrito Miguel A. López, curador de la exposición Un solo latido – Xa jun ruk’oxomal qanima. Durante el Conflicto Armado Interno de Guatemala, Curruchich comenzó a pintar en miniatura para transportar sus obras de forma discreta. López también agrega que la obra de la artista “revela la historia personal y la forma en que las mujeres indígenas practican acciones políticas a través del trabajo comunitario, diferenciándola del feminismo liberal occidental”. La muestra incluye 75 de sus obras producidas entre 1979-2003.  

Rosa Elena Curruchich, ‘Rosa Elena pinta caserío Chosij’, ca. años 1990. Óleo sobre tela. (Foto: Museo Universitario del Chopo)

La exposición es acompañada por el trabajo de Angélica Serech, artista textil cuya obra se basa en la hibridación de huipiles tradicionales con elementos cotidianos. De esta manera, al mezclar materiales tradicionales como el hilo y los tintes con incrustaciones inusuales como el cabello humano, la madera, o material orgánico, Serech crea una tensión entre lo ancestral y lo personal. La artista comenzó a aprender el arte del tejido junto a su tía a los ocho años, orientando su práctica en algo más experimental con el tiempo. Ha participado en la subasta de arte Juannio (2020-2022), en la XXII Bienal de Arte Paiz (2021) y ha mostrado su arte internacionalmente- en la Bienal de Gwanju en Corea del Sur (2023) y la Bienal de Toronto en Canadá (2024).   

La muestra, que se lleva a cabo desde el pasado 2 de agosto del presente año en el Museo Universitario del Chopo abre un diálogo sobre la memoria colectiva y el rol de la mujer dentro de la tradición maya kaqchikel.  El título de la exposición proviene de un poema titulado Sonidos de corazones. Ruk’oxomal Taq K’uxaj de la poeta, tejedora y artista Negma Coy, quien comparte con Curruchich y Serech, el mismo lugar de origen  

Tuvimos la oportunidad de conversar con Angélica Serech sobre su trabajo, sus procesos y el sentido de tener plataformas que destaquen el trabajo comunitario de las mujeres y artistas indígenas.   

Nina Syed: La memoria colectiva e histórica son centrales en tu práctica. ¿Cómo han influido los conocimientos legados de la comunidad kaqchikel en las narrativas y símbolos presentes en tu obra? 

Angélica Serech: Todos los procesos que he logrado conectar y expresar en el tiempo no nacieron conmigo, solo continúo con mi legado sumado a mi propio sentir y hacer, recreando la memoria colectiva de las y los que me antecedieron, me debo a ello y mi apuesta es a que siempre permanezca ese legado histórico. En mi comunidad Chixot es que nazco, me formo y desarrollo. He heredado el hacer textil a partir de la memoria desde la experiencia generacional, la cual me hace reflexionar y tener presente las conversaciones, vivencias y cotidianidad de los pueblos indígenas y ser parte de ello es un privilegio. Las experiencias vividas y la sabiduría transmitida representadas en un conjunto de saberes generacionales ancestrales me lleva a tejer distinto. Pensar y dialogar desde los colores y técnicas de brocados propios de los kaqchikeles es entender cada proceso y transitar con ellos la existencia misma. 

NS: En tu trabajo fusionas el material tradicional con técnicas y elementos experimentales para generar un impacto emocional diferente. ¿Has tenido un momento revelador durante tu trayectoria como artista que te ha causado empujar los límites de los métodos textiles tradicionales? 

AS: Sí, creo que pasó de forma natural y genuina en el pasado, de niña, aún sin saber o esperar a que me nombraran como artista textil. Fue cuando experimentaba y cambiaba los brocados y las estructuras tradicionales al tejer mis hüipiles. Y como segundo momento fundamental fue en mi telar vertical orgánico en el año 2003.  

Angélica Serech, ‘Raxq’ab’ (Rocío)’, 2023. Hilos de colores tejidos con telar de cintura. (Foto: Museo Universitario del Chopo)

NS: El arte textil ha sido histórica y popularmente asociado a lo doméstico y lo femenino. ¿Cómo percibes tu papel en su resignificación como herramienta para representar tu cultura? 

AS: Cómo tejedora maya kaqchikel no creo tener un papel relevante en la resignificación textil para mi comunidad. Sería contraproducente insistir en que se entiendan mis lienzos como herramienta de representación cultural. En realidad, solo quiero resignificar el conocimiento heredado de mi pueblo y mis ancestras para la humanidad. Tejo a partir de mi realidad, respondiendo a mis vivencias, pero valiéndome de la herencia textil. Con el legado de conocimientos, he creado mi política y estilo de vida a partir de los tejidos, todo esto me va construyendo constantemente. El mismo tejido me hace pensar y me cuestiona sobre mi rol, por lo que no me percibo como representante de mis saberes o de abanderar la representación textil de mi pueblo. Solo hago lo que me nace a partir de un legado.    

También sostengo que el tejer no ha sido solo femenino ni solo doméstico. En nuestra historia, representó un bien comunal de beneficio para grandes y pequeños en las jerarquías sociales prehispánicas. Las representaciones como vestimenta trascienden el plano doméstico e irrumpen en lo político y económico. Tampoco es solo femenino, ya que se crea y recrea de manera colectiva con los sujetos masculinos al procurar de manera conjunta las herramientas e insumos para las elaboraciones textiles. 

NS: Tu obra se presenta junto a la de Rosa Elena Curruchich, quien durante su época enfrentó prejuicios por parte de la comunidad artística, donde dominaba el machismo. Durante tu tiempo, ¿cómo sientes que ha cambiado el ámbito artístico en relación con las artistas mujeres y cómo ha evolucionado tu trabajo en relación con esto? 

AS: Aún seguimos luchando y resistiendo, pero tomamos fuerza y aliento gracias a las luchas de todas las que nos antecedieron como la maestra Rosa Elena Curruchich. Vengo de esa raíz, no pretendo que me nombren por tendencia o interés de una narrativa sobre arte con apellido indígena, originario y otras categorías. Debemos figurar como sujetas políticas en un entorno hostil, no solo por ser mujeres indígenas, entonces es oportuno ocupar espacios por mérito, porque valemos mucho. Es a partir de esos recorridos y trayectorias, de las que fueron antes de mí, que mi trabajo toma fuerza y se desarrolla, aún contra corriente y afrontando los flagelos históricos como el machismo y patriarcado que pesan sobre nosotras. 

NS: ¿Qué significado tiene para ti exponer junto a la obra de Curruchich, siendo ella una de muchas mujeres artistas indígenas que nunca tuvieron la oportunidad de continuar la evolución de su obra y sus historias? 

Agradecimiento profundo por esas brechas abiertas, seguramente con mucho dolor y persistencia, con las que hoy se puede honrar su trayectoria y significar en mí una puerta abierta.   

Rosa Elena Curruchich, ‘La señora que vende barriletes y papel de barriletes, compra y vende’. Ca. años 1990. Óleo sobre tela. (Foto: Museo Universitario del Chopo)

NS: Has hablado del acto de tejer como una práctica cotidiana y también como una forma de resistencia personal. ¿Qué mensaje esperas que el público se lleve al contemplar tus textiles? 

AS: Contemplar la complejidad de la experiencia de vivir y reflexionar sobre nuestro gran tejido social y las interconexiones humanas. Estos lienzos buscan compartir historias personales, declaraciones propias como «estas somos nosotras», «esta soy», «esto es lo que hay». Se debe buscar y encontrar la fuerza para seguir y descubrir lo que nos teje a nosotras mismas. 

NS: ¿Podrías contarnos sobre los procesos creativos que dieron forma a estas obras, desde lo temático hasta lo material? 

AS: «Un solo latido» -el título de la presentación- es muy fuerte y representativo para mí. Pensarla y meditarla nos invita a conectarnos profundamente con nuestras raíces y energías individuales a la colectividad. En mis obras presento distintos materiales y diálogos, los procesos son distintos en cada pieza partiendo de una investigación en cada una, desde la palabra, el compartir, intercambiar o vivir experiencias de vida. 

Mutar la piel es una pieza comisionada por el museo con la que honro la trayectoria de la maestra Rosa Elena Curruchich. Es la pieza más grande que he tejido hasta hoy, su fuerza no se encuentra en su dimensión o peso si no en lo que recopilo en ella.

La palabra «Pilar» honra a la hermana de la maestra a quien tuve el honor de conocer en el proceso de investigación. Su nombre mismo representa lo que ella en vida fue para Rosa Elena: sus palabras, lágrimas y condición actual de pilar reflejan el olvido, desvalorización, desigualdad e injusticia que las mujeres kaqchikeles afrontaron al desafiar el sistema y rompieron barreras en el arte. Conocerla me dio la fuerza de romper mis propias expectativas y visión para esta obra. 

En esta obra complemento el bordado con las palabras de dos maestros de la pintura de Chi Xot a quienes admiro y respeto profundamente: Julia López y Carlos Cuxil. Así mismo, incluyo dos elementos nuevos e importantes que me gustaría dialoguen y conecten con las personas que puedan observarlos. Tampoco podría dejar de mencionar a la poeta Negma Coy, con quién nos acompañaremos leyendo su hermoso poema en el proceso. 

‘Lo efímero no cuenta’ o la huella permanente de Isabel Ruiz

'Lo efímero no cuenta' o la huella permanente de Isabel Ruiz
Recreación de la obra ‘Historia sitiada’ de Isabel Ruiz en ‘Lo efímero no cuenta’. (Foto: Centro Cultural MuniGuate)

Tras dos meses en las Galerías Municipales de Arte, la muestra ‘Lo efímero no cuenta’ se ha presentado como una invocación al nombre y las imágenes de Isabel Ruiz. La artista guatemalteca articuló en su obra un diálogo entre la historia del país, la violencia y la esperanza, invitándonos a ver en la catarsis una forma posible de repensar el dolor.

En 2018, un año después de haber recibido el Premio Carlos Mérida —galardón entregado por el gobierno guatemalteco a un artista plástico nacional destacado por su trayectoria—, Isabel Ruiz inauguró su última exposición en vida. Titulada Isabel Ruiz: Premio Carlos Mérida 2017 y organizada por la galería The 9.99 en Ciudad de Guatemala, la muestra reunió varias de las series más recordadas de la artista, entre ellas Río Negro (1996) e Inframundo (2008). En ambas, mediante la instalación y la pintura, Ruiz invocaba la memoria histórica del país a través de una purga de fantasmas y geometrías en claroscuros que persiguió desde los primeros días de su carrera.

Llegado el momento de la exposición y a sus 73 años, Ruiz habría dicho sobre su obra, luego de tres décadas de carrera: “Cada uno de los trabajos responde a algo que he vivido, especialmente a los sucesos de desgracia y dolor de mi época, por lo que cada pieza es un refugio, es un espacio de catarsis”.

La cita la recuerda Francisco Morales Santos, poeta y compañero en vida de Isabel, al cumplirse cinco años del fallecimiento de la artista y seis de su última exposición individual. Este 2025, el nombre de la creadora ha vuelto a los espacios de exhibición artística nacionales en una muestra donde se han reunido piezas que elaboró entre 1984 y 2017. Gestionada por el equipo curatorial del Centro Cultural MuniGuate, y titulada Lo efímero no cuenta, la propuesta expositiva ha tomado ese nombre de un poema escrito por Morales Santos, dedicado a su pareja. “Como todo artista serio, Isabel se preguntó más de alguna vez si valía la pena lo que hacía, y de allí mi respuesta: «No confieras a tu arte / la cortedad del día, / pues solamente lo banal / caduca»”, explica refiriéndose a su poema.

'Lo efímero no cuenta' o la huella permanente de Isabel Ruiz
Recortes de prensa y archivos que documentan el trabajo de Isabel Ruiz. (Foto: Centro Cultural MuniGuate)

A lo largo de dos meses —de junio a agosto— Lo efímero no cuenta ha desplegado una suma de los distintos formatos en los que Isabel Ruiz volcó sus ideas, abarcando desde sus primeros grabados hasta las instalaciones, pinturas, textiles, intervenciones públicas y performances que trabajó en sus últimos años. Cabe mencionar que cuatro de los grabados dentro de la actual exhibición forman parte de la Colección de Arte Paiz (Personaje, de 1982; Metamorfosis e Imagen ocupada III, de 1984; y Memoria de memorias, de 1988).

El proyecto expositivo se ha diferenciado por un carácter monumental que abarca la totalidad de las Galerías Municipales de Arte. De esta forma, se reunieron 42 obras, de las cuales 30 son autoría de Isabel Ruiz, abarcando cinco de sus series.

Otro aspecto relevante en la muestra ha sido la iluminación tenue en algunos de los salones del centro cultural. Proponiendo un carácter lúgubre, esta decisión reivindica los miedos y las sombras de la violencia histórica en Guatemala, que operaron como focos centrales en el trabajo de Ruiz.

“Hacerlo oscuro tenía un ánimo de asociarlo a lo que pasa en los altares. La idea era traducir esa intensidad que era Isabel y esos contrastes tan fuertes en su personalidad. Podías estar cagándote de la risa con ella y luego estar discutiendo de algo súper serio”, comparte Gabriel Rodríguez Pellecer, curador de la exposición.

Isabel Ruiz - Metamorfosis
‘Metamorfosis’, grabado de 1984 presente en la exposición retrospectiva de Ruiz. (Foto: Colección de Arte Paiz)

Rodríguez Pellecer sostiene que Isabel, a través de su trabajo —y particularmente de una instalación como Historia sitiada, donde un grupo de sillas quemadas sobre una alfombra de carbón metaforizan el exterminio colonial y militar en el país— nos propone sentarnos a hablar incluso “encima de un montón de muertes”. Discutir sobre la guerra en el país y permanecer frontal frente al silencio por lo ocurrido caracterizaban a Ruiz y su trabajo. De acuerdo con Rodríguez Pellecer, 2025 es un momento importante para seguir hablando de estos temas, gracias a la apertura narrativa que existe.

En una entrevista documentada por el Centro Cultural de España y moderada por la investigadora Anabella Acevedo, Isabel Ruiz habría confesado: «(…) con el tiempo me he ido convenciendo cada vez más de que el arte ha sido lo que le ha dado libertad a mi vida. Te decía que no me alimenté de sueños, me he alimentado de la violencia que ha estado a mi alrededor. A veces he creído que son mis ‘fantasmas’. Lo que a otros puede parecerles una gran ficción, aquí es una gran tragedia. Hemos tenido que aprender a sobrevivir a todo eso, a sacarle partido».

La potencia de la oscuridad fue descubierta por la creadora al inicio de su carrera a través del grabado, siendo los jicareros del área de Rabinal sus primeros maestros. En la misma entrevista con Acevedo, Ruiz compartió que para ella fue impresionante conocer cómo los artesanos podían sacar luz de las jícaras embadurnadas de tinta negra con una cuchilla corriente. A partir de ese encuentro, entendió que el mundo era la luz que venía de la oscuridad.

Sus conocimientos y técnicas surgieron de un encuentro con la formación académica en la Universidad Popular, donde aprendió a dibujar, moldear en barro, esculpir y fundir en bronce. Luego de esa época, tuvo la oportunidad de visitar museos y espacios artísticos estadounidenses gracias a una beca que le concedió —al igual que a otros tres estudiantes y dos maestros— la embajada norteamericana. En 1977 recibió un aporte de la Organización de los Estados Americanos para estudiar xilografía en la Universidad de Costa Rica.

'Lo efímero no cuenta' o la huella permanente de Isabel Ruiz
El uso del carbón como metáfora de las aldeas arrasadas fue recurrente en varias de las instalaciones de la artista. (Foto: Centro Cultural MuniGuate)

¿Por qué Isabel Ruiz en este momento? Su más reciente exposición adquiere un sentido pedagógico al presentarse en el Centro Cultural MuniGuate, un espacio público dedicado a la formación artística. En este contexto, visibilizar la obra de una artista que también fue docente y comprometida con el conocimiento para las nuevas generaciones resulta importante.

Francisco Morales Santos comparte que la comunicación y la pedagogía eran cosas innatas en su esposa: «Era la única mujer entre cuatro hermanos. Trabajó desde muy joven y el trato con las demás personas le dio capacidad de liderazgo», comparte, recordando el alcance que tuvieron sus procesos de formación, mismos que logró transmitir a niños y jóvenes, quienes fueron sus estudiantes.

Uno de los espacios donde puso en práctica la docencia fue la Fundación Contexto, donde Isabel fue invitada a realizar procesos de educación en una aldea de Santa Catarina Pinula.

Para ella, la formación artística no consistía en crear obras impecables, sino en cultivar personas capaces de pensar, sentir y actuar con autonomía y creatividad. En la entrevista con Anabella Acevedo, la artista habría dicho sobre su involucramiento con los estudiantes de Contexto:

“SOLO QUIERO HACER HOMBRES Y MUJERES CREATIVOS ANTE LA VIDA, GENTE QUE PUEDA TOMAR DECISIONES Y LLEGAR A SOLUCIONES CREATIVAS (…) QUE BUSQUEN DENTRO DE SÍ PARA QUÉ SON BUENOS, QUE TENGAN CONFIANZA EN SÍ MISMOS, QUE PIERDAN EL MIEDO A EXPRESARSE Y PROPONER COSAS NUEVAS (…) EQUIVOCARSE NO ES FRACASAR, ES ENCAUZARSE HACIA LO NUEVO, QUE ESTÁ AHÍ, A LA PAR DE LO QUE PUDIERA SER UN ERROR”.

Jorge De León, artista que también impartió clases en Contexto, ha dicho que la forma de enseñar de Isabel podía ser maternal —pero no en exceso—, estricta y humilde: «Creo que hubo muchos artistas a los que influyó. De alguna manera fue nuestra maestra, sin saberlo. Era muy generosa. Compartía su conocimiento. No solo la parte técnica, también la intelectual. Y nunca te minimizaba», dijo el artista a Rodríguez Pellecer en una entrevista a propósito de Lo efímero no cuenta.

La complicidad y el involucramiento con el mundo, a través de las personas, llevó a Isabel Ruiz a compartir en otros espacios como el grupo de artistas Imaginaria. Este colectivo fue un espacio artístico que puso la mirada frente a las narrativas del país a través de obras que dialogaban, desde distintos formatos, sobre la vida en Guatemala en la década de los ochenta. El proyecto fue iniciado por el pintor Moisés Barrios y el fotógrafo Luis González Palma.

Según recuerda la curadora y crítica Rosina Cazali en la publicación oficial de la muestra actual, Isabel fue la tercera artista en sumarse a Imaginaria, luego de escuchar sobre el proyecto a través de Barrios y González Palma: “Dijo sí como quien se tira de un acantilado de los ojos vendados (…) Pertenecer a aquel colectivo le ofreció la oportunidad de empujar su trabajo hacia otras fronteras, además de explorar su vocación de gestora y maestra”.

Dentro de uno de los salones de las Galerías Municipales de Arte se propone esta confabulación artística de Ruiz, al mostrarse una de sus piezas junto a algunas de los también conocidos como “imaginarios”: Moisés Barrios, Erwin Guillermo, César Barrios, Daniel Chauche y Pablo Sweezey. Algunas de las obras exhibidas en esta sala también forman parte del acervo de Fundación Paiz.

En la intemperie - César Barrios
‘En la intemperie’, grabado del artista César Barrios, también miembro del grupo Imaginaria. (Foto: Centro Cultural MuniGuate)

Otro vínculo intergeneracional dentro de Lo efímero no cuenta enlaza la obra de Isabel Ruiz con la mirada de Katheryn Patá, artista multidisciplinaria nacida en 1997. Su participación, impulsada desde la curaduría, busca abrir un diálogo entre nuevas generaciones de artistas guatemaltecos y figuras de reconocida trayectoria.

La pieza, titulada Caer Muerta, consiste en una instalación que reúne una pantalla donde se proyecta una animación en la que podemos ver una reflexión sobre el costo que tiene morir y ser enterrado en la ciudad de Guatemala.

«Caí en cuenta de la frase ‘No tenemos ni donde caer muertos’, que mucha gente dice. Creo que la animación nos da la posibilidad de hablar de temas crudos y, tal vez, con un poco de sarcasmo. La animación es una forma sugestiva de tocar esos temas sin llegar a ser algo insensible», comparte Patá.

La artista explica que la forma de exhibir su pieza audiovisual —a través de una pantalla que se despliega al ras del suelo y en medio de una pequeña cama de tierra— responde a un interés inmersivo que pudiera atraer a las personas a transitar el espacio donde se encuentra. «Es como activar la sensación de caminar sobre la tierra. Aparte, el sonido está inundando el espacio», destaca.

Caer muerta - Katheryn Patá
Instalación ‘Caer muerta’ de Katheryn Patá en la muestra. (Foto: Centro Cultural MuniGuate)

Patá conoció el trabajo de Isabel Ruiz hace años y recuerda haberse sorprendido al encontrar a una mujer guatemalteca que planteara imágenes que exploraran la visceralidad y la violencia: «Me inspiró que tocara temas y una estética más oscura», señala.

Más allá de los matices tenues que oscilan por Lo efímero no cuenta, y el carácter espectral que ha propuesto —donde fantasmas, suelos y cuerpos hablan—, la exposición ha reivindicado la esperanza. La oscuridad con la que Ruiz leía las llagas históricas del país es solo un vehículo crítico para capturar la atención de las audiencias.

En 2017, luego de haber ganado el Premio Carlos Mérida y con ciertos deterioros en su salud, la artista habría dicho en una entrevista a Prensa Libre: “Es inevitable que a todo creador consciente le impacte la realidad. Me tocó vivir una etapa dura en la que muchas aldeas fueron arrasadas, y eso de forma espontánea se trasladó a mi obra, no como una narración de los hechos, sino como una metáfora visual”.

13ª Bienal de Berlín: La fuga como estrategia artística

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13ª Bienal de Berlín
(Foto: Carlos Sosa)

Desde Alemania, Carlos Sosa comparte su acercamiento a la 13ª edición de la Bienal de Berlín, enfocándose en la participación de colectivos y artistas de Latinoamérica. Este año, el evento ha establecido la fuga como punto de partida para dialogar sobre las estrategias que puede utilizar el arte al momento de resistir y reinterpretar los vínculos en sociedades donde la violencia se instala cada vez más. 

La Bienal de Berlín, una de las plataformas de arte contemporáneo más relevantes de Europa, abrió sus puertas el pasado 14 de junio exhibiendo el trabajo de 60 artistas y 170 obras. La exhibición, titulada passing the fugitive on trae una propuesta curatorial que se concentra en la fugitividad y el arte como formas de resistir frente a sistemas de poder que legitiman la violencia. La fugitividad de la que habla la bienal no es evasiva, sino una estrategia crítica que desafía los límites de lo socialmente permitido y lo legal. En un momento histórico en el que artistas han sido censurados o excluidos de exposiciones en Alemania por manifestar su postura ante la guerra en Gaza, el concepto adquiere una fuerza renovada. 

Durante los últimos 16 meses, Berlín ha sido epicentro de tensiones culturales: recortes presupuestarios al sector cultural, protestas por la defensa de la libertad de expresión, boicots liderados por el movimiento Strike Germany contra instituciones gubernamentales de Alemania, y la creciente cancelación de obras y exposiciones por razones ideológicas. En ese contexto ha surgido el concepto de la bienal, mismo que fue propuesto antes de todo lo sucedido, pero hoy más aún, contiene una fuerte relevancia. 

Curada por Zasha Colah, la 13ª Bienal de Berlín se sitúa en ese terreno conflictivo, proponiendo que el arte, frente a una “violencia legal”, debe crear sus propias leyes, siendo estas nuevas reglas para decir lo que no puede decirse directamente, y para desarrollar formas de expresión fuera de lo tradicional mediante una corporalidad extendida. En la bienal, estas prácticas funcionan como activaciones que interactúan con el público, utilizando el humor y el simbolismo para transmitir de manera discreta la resistencia de una comunidad artística en peligro. 

13ª Bienal de Berlín
La 13ª Bienal de Berlín se despliega en espacios llenos de historia dentro de la capital alemana. (Foto: Carlos Sosa)

Las obras reunidas en el universo passing the fugitive on recurren a métodos artísticos que incluyen la corporalidad, como performances, rituales, caminatas urbanas, tribunales simbólicos, lecturas colectivas y stand-up comedy. Esta última modalidad, que según la curadora de la bienal, permite un humor restaurativo cuando no hay justicia posible, es también una forma de broma que expone lo absurdo y lo violento del poder. La comediante Mila Panić, por ejemplo, expone, a través de la sátira, la insensibilidad de la sociedad hacia los refugiados, inmigrantes y niños. Big Mouth, el acto político de la artista originaria de Bosnia, utiliza el escenario para resistir a la censura desarmando a las autoridades con el poder de su voz. 

La 13ª Bienal de Berlín se despliega en espacios llenos de historia: desde el emblemático KW Institute for Contemporary Art, pasando por el Hamburger Bahnhof, el Sophiensæle y un antiguo tribunal en Lehrter Straße en Moabit-Berlín. Cada uno de estos espacios -ex fábricas, recintos de represión o edificios burocráticos-, amplifica el discurso de la fugitividad, convirtiéndose en parte activa del relato: lugares donde el arte ilegaliza y se opone a lo actualmente legal.

Como lo explica Cohan en una entrevista con Berlin Art Link, estos edificios contienen capas de memoria histórica que dialogan directamente con la temática de la bienal. Sophiensæle, por ejemplo, fue un teatro, un espacio de cabaret y un recinto político-judío hasta que fue clausurado en 1933 por su afiliación comunista. Luego se convirtió en un lugar donde se utilizó trabajo forzado para producir propaganda durante el régimen nazi.

La curadora señala que estos espacios son valiosos porque nos recuerdan cómo una comunidad vibrante puede desaparecer de un día para otro. «Eso es lo que me alarma de la historia», dice Colah; «lo rápido que puede ser ilegalizado lo que antes era un centro cultural activo», continúa. El tribunal en Moabit, por su parte, refuerza el concepto de «ilegalidad» desde su función original. Para la encargada de la narrativa de la presente bienal, situar obras en este espacio es un acto simbólico de reapropiación: un lugar que fue del poder legal y que ahora se ofrece a la comunidad artística. 

13ª Bienal de Berlín
Intervención audiovisual del grupo Etcétera en la Bienal de Berlín. (Foto: Carlos Sosa)

En la antigua estación de tren Hamburger Bahnhof, la serie retablos, destaca por la contundencia del problema que aborda: las condiciones laborales y la violencia extractiva en una mina de litio en Jujuy, Argentina, donde comunidades indígenas han denunciado la explotación de sus territorios y la represión de sus protestas. Este caso resuena con fuerza en más países latinoamericanos como Guatemala, donde la minería también ha sido tema de protesta, particularmente en lugares como El Estor, Izabal, donde comunidades q’eqchi’ se han manifestado contra la operación de la mina Fénix. Las protestas han sido reprimidas, incluyendo estados de sitio y criminalización de líderes comunitarios. 

Lo que vemos en la Ala Este de la antigua estación en Berlín es un cartel bordado y sostenido por dos manos que parecen ser de títeres escondidos cada uno en su caja de madera. En el cartel de la obra, Retablos para compartir, se lee: “We can all see that the colonizer is naked” (Todos vemos que el colonizador está desnudo). La frase está inspirada en el cuento El Traje Nuevo del Emperador, que convierte una escena de cuento infantil en una crítica política, donde las personas temían decirle al emperador que su traje «invisible» era realmente una fantasía y que él estaba desnudo. El mensaje es contundente: todos ven el abuso, pero nadie se atreve a nombrarlo. Con esta obra, el artista argentino Gabriel Alarcón responde al poder colonial con ironía. Su broma desnuda las promesas falsas de una mina y sus condiciones laborales. 

La participación latinoamericana en la Bienal de Berlín también incluye al Grupo Etcétera, que despliega una instalación participativa reuniendo una serie de obras, investigación, escritos y derivados del proyecto y campaña Liberar Marte. En el KW Institute for Contemporary Art, el colectivo interrumpe un video de un paisaje que imita a Marte con los invitados de la exposición. La audiencia puede intercambiar a los personajes del vídeo con ellos mismos a través de una pantalla verde. La obra invita al público a reflejar sobre su propio involucramiento en el extractivismo y la fijación humana con el espacio exterior.

También destaca la propuesta de la artista argentina Kikí Roca, Las Chicas del Chancho y el Corpiño, una pieza que desde los feminismos intercala el humor con la crítica social. Presentando un sostén gigante, la artista invita a confrontar el patriarcado, enfatizando la ausencia del cuerpo femenino, como símbolo de las desapariciones de la oposición política durante la dictadura de Argentina (1976-1983). 

13ª Bienal de Berlín
‘El Corpiño’, instalación de Kikí Roca, Las Chicas del Chancho y el Corpiño. (Foto: Carlos Sosa)

Sin embargo, durante la presente edición, la presencia latinoamericana es menor. La participación se ha limitado a varios creadores de Argentina, así como la colectiva mexicana Hilos, que ha convocado a varias personas para que se reúnan a formar parte de un bordado colectivo. En años anteriores, la Bienal de Berlín se ha distinguido por visibilizar temáticas de Iberoamérica, incluyendo obras de artistas guatemaltecos como Edgar CalelAntonio Pichillá Sandra Monterroso

Fuera de las sedes oficiales, el espíritu de la bienal también se percibe en acciones paralelas y formatos no tradicionales. Algunos artistas activan espacios urbanos, convocan caminatas colectivas o usan el espacio público como escenario de intervención. Estas acciones prolongan la idea de fugitividad: arte que no necesita del cubo blanco, sino que se cuela en la ciudad, se camufla, resiste desde el margen. 

Como lo expresa Zasha Colah en su justificación curatorial: “El concepto de fugitividad significa la capacidad cultural de una obra para establecer sus propias leyes frente a la violencia legal. Ese paso de transmisión me ha ocupado desde hace tiempo: el momento no programable, impredecible, en el que una acción de imaginación individual se convierte en algo colectivo”. El arte, en este sentido, se transmite como una chispa que arde, que escapa, y que el público puede decidir esconder, pasar o transformar. En esa decisión también reside su potencia.